52.- Memorias de Don Jubilón

Jueves, 11 Junio 2015 20:37 Publicado en Don Jubilón Visto 1546 veces

IV Parte. 15 años en Santiago, Capítulo 11.- Pecados de Segundo año, Fiesta Mechona

Me la perdí porque fue en  horas que yo hacía clases en la Población San Gregorio. Al otro día desde temprano comencé a indagar como había resultado el “Mechoneo 1966” y pronto conseguí los pocos detalles del suceso  principal. En realidad  “El show de la procreación” fue un fiasco porque falló el varón y nunca hubo el momento culminante para retirar una piadosa sábana inicial colocada sobre la pareja activada.  Pifias para la comisión organizadora.   Los siempre escasos recursos disponibles para la Semana Mechona,   apenas  cubría un pequeño  honorario para la hiperventilada   profesional del sexo, que encontraron en el área  Mapocho-Recoleta. Y  costó convencerla   porque  “le daba cosa hacerlo delante de tanta gente” (en el auditorio grande de Medicina en el JJ Aguirre con capacidad para 200 alumnos sentados). Y no faltó el mechón  envalentonado  - en el momento que se tramó la idea;  pero otra cosa sería hacerlo con las  aposentadurías y las escalas repletas. El hombre se “cortó a estadio lleno”  el día del anunciado show.    Resumiendo lo que me contaron,  resultó  una mala  película porno sesentera con bajo presupuesto. Y con un varón demasiado  “cañoneado” a la hora del abordaje.   En ese tiempo  no había “vedettos”, salvo los que hacían la pantomima en el “Bim Bam Bum”. La comisión organizadora tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para que una turba embravecida no le diera una “capotera” al valiente  voluntario, que nunca estuvo en posición suficiente para amar a la callejera. Además  que ella naturalmente, cobró por anticipado su complejo  trabajo profesional.

Pecados en Bioquímica

Según supe después de la primera prueba, ya el año pasado los alumnos de Segundo año se habían coimeado al viejo auxiliar que era rey y señor de Bioquímica. Y los que corrían peligro eran los alumnos que movían este arriesgado malabar:   Eran tiempos de mucha insolencia y desorden en la Universidad.  El  viejo profesor a cargo ya por muchos años de este ramo,  guardaba la prueba  de cada examen trimestral en la caja fuerte de la cátedra. Sólo él sabía  la clave, además del antiguo empleado  de su total confianza, por si fuera necesario abrirla  en su ausencia.  Era un test de múltiples chances y por lo mismo muy fácil de copiar. Yo estudié bastante, pues la química ya había sido mi “talón de Aquiles”  en Primer Año. Y la Bioquímica era mucho más compleja, con fórmulas larguísimas. Llegué un poco atrasado a la prueba y pronto observé que había un activo chismorreo, pues se estaban soplando las respuestas de las preguntas. No me pareció correcto, pues además estaba asistiendo a las reuniones  dominicales de la “Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”,  y,  los mormones no aceptaban  el alcohol, el café ni las mentiras. Así me mantuve en honradez total, pero saqué una de las malas notas en la prueba.

En el segundo Control se repitió con calco el procedimiento y pensando en la Santidad  y el ejemplo del Profeta  José Smith, no copié  el resultado de las preguntas  y volví a repetir el 3.5 de la primera prueba. Sumando ambas notas, estaba ya un punto más debajo de lo necesario para aprobar el ramo. Y eso me hizo dudar cuando   empezaron a realizar la colecta para financiar la tercera y última prueba escrita del año. Mi  honestidad mormona duró hasta la mitad del tiempo disponible, cuando calculé que si no  me corrompía, no llego al  promedio mínimo para aprobar el ramo. Finalmente saqué el papel que traía en el bolsillo con las respuestas  correctas. No todas, porque  se recomendaba no sacarse puros sietes, para mantener año tras año el robo de las pruebas de Bioquímica, cuidando las espaldas del comité que se esmeraba en este latrocinio.  Aprobé el ramo golpeándome el pecho culposo;  pero al año siguiente se destapó la olla y hubo un   tremendo escándalo en la Facultad.  Castigos ejemplares para el “comité organizador”  que fue como siempre  corrupto, pero ningún beneficiado  estuvo disponible para no sacarse un siete, que era la promesa solemne. Entonces, luego de tres años de ir el “cántaro al agua” sin mayores problemas,   una verdadero shock   estructural  afectó finalmente  a la cátedra de Bioquímica. 

Los dientes de jabón

En Odontotecnia  el primer trabajo practico relacionado con  la anatomía dentaria que se estudiaba al detalle. La habilidad,  consistía en tallar las arcadas dentarias sobre  panes de jabón.  Y aquí nos lucimos, pues en los múltiples trabajos  mecánicos  yo había  soltado  la mano desde muy chico. Llegue con la motricidad fina calibrada para realizar trabajos  en los reducidos espacios de la boca, cosa que constituye  el principal  talento  de las artes odontológicas.. Mas penurias se pasaba en la parte teórica, donde debíamos recitar como mantra los componentes y particularidades físicas  de la cera,  yeso, godiva,  alginato, acrílicos silicatos y amalgamas ;  que utilizaríamos  luego en la boca de nuestros pacientes  cuando empezara  la experiencia clínica.  El próximo año sería el momento para meter por primera vez nuestras manos en la boca de pacientes de verdad, luego de hacerlo en fantomas de madera, con maxilares de metal  atornillados en esta falsa cabeza  que se ajustaba imitando a una persona en cada  gabinete de trabajo para aprender la mecánica dental. Entonces yo estuve muy ducho, porque había asistido a la Academia “Jomar”,   en calle Bandera,  cuando todavía ni soñaba con ser dentista. Porque ahí me dijeron, que un normalista podía estudiar odontología.

Pecados de fidelidad

En mi curso  había compañeras muy lindas  y yo las miraba con codicia, sin olvidar que estaba comprometido familiarmente  con una  simpática estudiante de Medicina  en la Universidad de Concepción. Hermana de mi cuñada, durante las vacaciones nuestro romance se reactivaba, pues lo pasábamos muy bien en el sur con su familia y nuestra fraternidad médico- odontológica. De vuelta al estudio, aumentaban las tentaciones. Especialmente en el grupo de las últimas letras del abecedario,    había una compañera que me causaba ternuras incontrolables. Y al darle gracias al Altísimo todos los días - por la bendición de estar estudiando Odontología -,    le agregaba como petición  adicional “que me librara del mal  (que no me accidentara con los  apurados viajes en motocicleta)– y sobre todo – que no  me dejara caer en tentación con las compañeras de curso, ni con las colegas profesoras de la Escuela de San Gregorio.     Y debo reconocer  que pasando los dos primeros años,  se debilitaba más mi fe.  De seguro tampoco  se traducía  mucho amor en cartas  más escuetas y desabridas. Se suponía que todo tenía su razón  en  lo muy trabajoso que me resultaban los estudios universitarios y las docencias  escolares en San Gregorio. Fue entonces cuando la escuché por primera vez que estaba tramitando su traslado a Santiago.

 Próximo capítulo 12.- Tercer año Patológico y bacteriano 

 

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