51.- Memorias de don Jubilón

Sábado, 30 Mayo 2015 03:49 Publicado en Don Jubilón Visto 1666 veces
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IV Parte. 15 años en Santiago, Capitulo 10: Empezando con suerte en la “U”

 

Para cursar mi primer año de odontología  ya tenía hace tiempo  el segundo requisito: una motocicleta  que me  llevaría rápido  desde Mapocho al paradero   23 de Santa rosa,  donde estaba ubicada la  Escuela Nº337  de  San Gregorio.  Allí debía estar  frente a mi curso  a la 13.30. PM , hora en que se iniciaba la jornada de la tarde.

Disponía de la mañana para estar en la Escuela Dental y en el primer día de clases, junto con los correspondientes mechoneos , que me parecieron muy graciosos, tuve que pellizcarme esa mañana  varias veces. Si, finalmente estaba en la Educación Superior. Además   recibí  el horario del Primer Semestre dispuesto para el Primer año  1965, que me acomodó perfectamente  para empezar.   Las clases de Cirugía que eran en la tarde,  se iniciaban en el segundo semestre, pero yo me inscribí en la çátedra del Profe Phillips, el sábado en la mañana.  Bioestadística era sólo  en la tarde y sería el último año que no eran obligatorias. Cero problema en la tarde  y el tiempo se pasó volando.

 El cuco de los mechones era Anatomía, donde la mitad del curso reprobaba, probablemente para ajustar el número de alumnos que copaba la capacidad de Odontotecnia en Segundo Año y los espacios clínicos. Mi técnica de estudiar todos los días desde las seis de la tarde hasta las 12 de la noche, dio buenos resultados en Biología, Histología y Anatomía; mis penurias fueron Física y Química, donde mi base segundaria era paupérrima. Como me encantaba la física y el profesor era extraordinario, sacaba adelante los problemas con regla de tres simple; pues mis matemáticas sólo llegaban al cuadrado de un binomio. Cero álgebra y para llegar al resultado  casi llenaba  la hoja , cosa  que sorprendió a uno de los docentes  y me apodó  cariñosamente “ El Ingeniero”.   Las verdaderas penurias  se situaron en Química, pues recibí la primera clase de este ramo en la Universidad.

A menudo envidiaba a mis compañeros que se divertían bastante  junto con los estudios superiores. En cambio  me sirvió mucho para una vida austera sin alcohol ni café ni  té;   el adoctrinamiento  de los mormones que tomé voluntariamente,  un año antes de entrar a la Universidad. Ello fue fundamental para soportar el duro tren que significaba estudiar odontología y trabajar como profesor básico.  Incluso no logró sacarme de mi austeridad una dulce compañera de grupo, que también me estaba prohibida  por mis compromisos  sureños” contraídos con antelación”. Cuarenta años después de egresados, durante el infaltable encuentro anual,  ambos ya casados y con hijos recordábamos aquellos intercambios de sonrisas y comentábamos que posiblemente nuestros hijos habrían salido  de muy buena factura. Y concluíamos que así como estaban las cosas no podíamos quejarnos pues por ambos lados habíamos logrado familias maravillosas. 

La gran expansión en esos duros tiempos de estudiantes, corrió por cuenta del fútbol sabatino jugando por el equipo de Salinas y Fabres, que comandaba mi hermano mayor. Jugábamos en una cancha de tierra muy áspera que quedaba detrás de Famae, en el lugar donde estaba originalmente   el Zanjón de la Aguada, campamento numeroso erradicado  justamente a la Población San Gregorio, donde trabajaba por las tardes como profesor.  La cancha estaba a un par de cuadras de la población Arauco en el paradero 1 de la Gran Avenida, donde  iniciamos nuestra vida santiaguina  en 1960. Allí fuimos testigos del primer crimen que  vi con mis propios ojos a través de la ventana del dormitorio  con vista a la calle.  Pareció un desorden de curados, pero pronto escaparon todos y un joven quedó tendido en la acera, frente a la Iglesia Santa Filomena, en calle Placer. Cuando salimos a ver lo que pasaba, la víctima había sido apuñalada varias veces y  finalmente  la ambulancia sólo recogió un cadáver. Al día siguiente el diario  “Clarín” publicaba la noticia.  “Joven obrero asesinado en calle Placer”…( frente a la gótica iglesia de Santa…..”).

Guardo como tesoro la primera foto del curso con casi 90 alumnos, tomada en el frontis del pabellón de Anatomía. Allí había contacto directo con cadáveres para realizar sobre ellos algunos trabajos prácticos. Entonces pensé naturalmente en dónde estarían las almas de esos cuerpos insepultos y preparados  con un fuerte olor a formalina. ¿Era injusto importunar en su descanso eterno?. La mayoría de mis compañeros no se complicaban con esto y una vez  me encontré con la fea broma ejecutada por los más desordenados del curso. Pusieron  dos cadáveres en posición propia de una relación sexual. Y desde ese momento,  como era varios años mayor  que ellos, fui tomando el papel de hermano mayor que les llamaba la atención con la autoridad de un profe. Y me los fui ganando poco a poco, sobre todo en las reuniones de curso que siempre generaban una descomunal chacota  que no siempre el Delegado de Curso lograba dominar. Era un quinteto de flojonazos a los que les costó mucho egresar. Algunos maduraron, pero un par no siguió en odontología por malas notas.

No me alcanzaba el tiempo y en una oportunidad  me encomendé al Altísimo, pues no tenía ninguna posibilidad de leer la materia del libro grande  (Testut Latarjet).   Y no me daba tampoco para el compendio. Opté por cerrar los ojos y abrir en una página donde estaba  resumida la compleja neurología de la audición. En el paso práctico las preguntas circulaban, y ante el silencio del que se rendía, pasaban al siguiente. Así vi yo que la difícil pregunta - cuya respuesta había preparado-  pasaba lentamente por la mesa de trabajos prácticos.  Afortunadamente me llegó el turno e hice una excelente respuesta. El Profesor, simplemente dijo: “bien jóvenes, , aquí  se puede ver la diferencia entre estudiar  seriamente o no estudiar”.  Quedé como Rey  y gocé la vanidad sin mencionar que sin duda había recibido ayuda de  espíritus benignos que me querían y me daban fuerzas..

El último día de clases dieron los resultados de Química,  donde finalmente logré la nota mínima para aprobar. Y otra vez la felicidad total. Había pasado a Segundo Año sin ramos para marzo. Y claro era el momento de ir a pavonearme donde el Profesor Phillips, decano de la Escuela Dental (quien me había ayudado a ingresar en segunda instancia). - Dr. Le vengo a comunicar que he cumplido la promesa que le hice a principios de año:   Pasé a Segundo sin dejar ningún ramo para marzo.

El Decano, que  recordaba perfectamente la deuda,  hizo un  comentario un tanto conservador: - “Mire joven, yo siempre he sostenido  que elegir a los que deben estudiar en esta Escuela, es ….  ¡Puro semblanteo!  . Así terminó un primer año  de miedo, donde tuve mucha suerte. Y ya sabía que en segundo había laboratorios de microbiología en las tardes; justo a la hora que yo debía estar en San Gregorio.  El lunes siguiente  me levanté sobresaltado notando que me quedé dormido. Salí disparado do y sólo cuando me despabilé en el baño, recordé que ¡Estaba de vacaciones!   Y me acosté de nuevo con el corazón rebosante de alegría. ¡GraciasSeñor….por todo lo que me das!

 

Próximo  Capítulo: 11.-  Pecados de Segundo Año.

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