61.- Memorias de Don Jubilón

Miércoles, 26 Agosto 2015 14:40 Publicado en Don Jubilón Visto 830 veces

SEÑOR Dame una buena digestión y naturalmente alguna cosa que digerir. Dame la salud del cuerpo con el buen humor necesario para mantenerla. Dame un alma sana, Señor, que tenga siempre ante los ojos lo que es bueno y puro, de manera que frente al pecado no me escandalice, sino que sepa encontrar la forma de ponerle remedio. Dame un alma que no conozca el aburrimiento, los refunfuños, los suspiros y los lamentos y no permitas que se tome demasiado en serio esa cosa tan invasora que se llama "yo". Dame el sentido del humor, dame el don de saber reír de un chiste, a fin de que sepa traer un poco de alegría a la vida y hacer partícipes a los otros. Amén». Tomás Moro (1478-1535).

Parte IV :    15 años en Santiago

Capítulo 20.- Increíble, pero cierto

Los méritos demostrados con el Dr. Pequeño,  dando sangre los sábados en Odontología  del Hospital  J.J. Aguirre; nos hizo  también participar en el Congreso Internacional que organizó este académico. Además nos colocó a la cola como coautores de temas presentados.   Y todo aquello engordando nuestro currículum. Incluso  el cargo “goma” de Prosecretario   - del Directorio del Congreso  aquél - ,  y que fue motivo también del diploma correspondiente. Por otro lado el Dr. Hoffens,  Director del Curso de Graduados,  nos había dado un trabajo de  Prevención en Salud Dental, que significo la impresión de un tríptico  muy bien presentado, dirigido a los profesores de enseñanza básica. Yo le expresé por experiencia propia,  que ellos  eran los primeros “dentistas”  en las escuelas públicas. Era rarísimo que con sólo un año de titulado ingresara  alguien al curso de Post Grado, pero se me dio todo. Ya estaba  terminando el primero de los seis semestres que doctoraba en Ortopedia Dento Máxilar; cuando además ingresé como odontólogo civil a la Fach.  Ya compartía  con tres compañeros una clínica privada en el Centro de Santiago, Frente al Teatro Municipal,  cuando se produjo esa ilusoria visita a Las  Condes  para ver una casita idílica, dentro de una parcela  y muy cercana a la gran casa de los dueños con entrada independiente. Y solucionar de paso varios problemas domésticos. Pura fe.  

Conociendo la vida en el barrio alto.

Nada faltaba allí para hacer la felicidad de alguien adinerado, que en su momento construyó una casa palaciega y además una casita para que  su hija o hijo regalón no pasara penurias armando familia por otro lado. O sería para los padres ancianos, pero los que  habitaron allí seguro lo pasaron muy bien.  El aderezo de una piscina puede haber sido  trabajo del nuevo dueño, que  la compró barata, cuando sus antiguos dueños  querían abandonar lo antes posible Chile, pues les daba terror la idea de vivir en la “Segunda Cuba de América”.  Nosotros supimos de inmediato que no podíamos pagar ese salto desde la Villa Santa Carolina de Macul,  al rancio corazón patriarcal de Las Condes.  Nos  pasearon por todos los rincones y vimos grandes pinturas de antepasados con prosapia, música estereofónica,  autos clásicos,  amplios parronales y  cuidados  jardines …. Un sueño.

Una oferta nunca vista

Era como las 10 de la noche cuando sonó el teléfono y  era el arrendador de Las Condes. Nosotros  ya nos habíamos olvidado de esa maravilla tan fuera de nuestro alcance. - ¿Cual  es el presupuesto que tienen ustedes? - dijo con voz un poco  de “Pepe Pato”.  Luego  confidenció que de todos los que habían ido a ver la casa, nosotros éramos los que más les tincábamos como vecinos tan cercanos. Luego anotó que más que necesidad de arrendar, estimaban valioso habitarla, “pues nada afecta más a una casa que la falta de habitantes. No es raro que empiecen a ocuparla los ratones” – agregó y me dejó pensando. Y luego insistió  que le hiciéramos una oferta. Entonces con inocente franqueza le ofrecí menos de la mitad de lo cobrado, que era poco más de los que pagábamos en la Villa Santa Carolina. Escuché cuando le preguntó a su  señora para tomar una decisión  conjunta y ella le respondió de inmediato afirmativamente. Éramos los vecinos que andaban buscando.  En realidad si les hubiéramos dicho que queríamos vivir gratis tres meses, igual nos habrían arrendado la casa. Un dentista funcionario de la Fach   y una pediatra titulada, eran los mejores arrendatarios cuando se tienen dos niños chicos y otro en camino, que se anunciaría pronto.

Lo mejor estaba por venir

Nuestra  venida a Las Condes trajo mucho más allá de los beneficios esperados por mi padre, cuando exilió sin mayores miramientos en las alturas de Peñalolén,  a sus dos compañeras  (esposa y cuñada longeva);  dejando la casa de la Gran Avenida para el hijo mayor y su familia.  Estaban felices cuando aterrizaron desde Peñalolén a  la  Villa Santa Carolina. A  la dueña que nos arrendaba allí, le cayó pésimo el cambio y  tuvimos que firmar un nuevo contrato.     Eran “plumas de la cola”, comparado con las nuevas grandezas e insospechados  jolgorios  que  se sumarían en nuestro nuevo domicilio. Una terraza con toldo miraba  al parque, que también regalaba ese paisaje  desde el interior a través de amplios ventanales. El estado general de la propiedad era excelente. Baños y closets funcionando. En fin, cortinajes combinando con marcos y muros. Hasta dejaron un mueble escritorio de algún tatarabuelo, con múltiples gavetas  y de finas maderas. Todas  aquellas lindezas contribuyeron a  la aprobación  general de nuestros parientes y amigos que empezaron a visitarnos, para conocer con sus propios ojos “ el milagro de Las Condes” que nos había caído encima.

“A Otro Nivel”

Así  rezaba la propaganda de los autos  Fiat 125,  que salían raudos de la grandes  instalaciones de esa empresa levantada en Rancagua. El Gobierno organizó un Estanco Automotriz, que coordinabalas entregas ( También Fiat 600, Peugeot 404 , Simca 1000, y las nobles Citronetas ) .Había atraso , porque además se generaron entregas por sorteos en grupos cerrados, que  fallaban cuando alguien dejaba de pagar su cuota.  La compraventa de automóviles era el negocio que más movía dinero y todo se pagaba al contado, pues los precios subían diariamente. Ello generaba  desabastecimiento y especulación creciente.  Ya instalados con nuestros amables vecinos,  empezaron a compartir  no sólo su  casa, sino también sus muchos  amigos. Y algo nuevo: Una casita de inquilinos en el fondo de la parcela, transformada ahora en despensa y sala de juegos donde destacaba una hermosa  mesa de pool. Allí pasaríamos horas de goce los fines de semana, donde el anfitrión nos regalaba además con exquisitos bebestibles. También  me convidaba a realizar diligencias en sus regios autos, que volaban por la recién terminada Avenida Kennedy. A poco andar nos  dimos cuenta que aquello era como vivir en otro país. La vecina era funcionaria de la Cepal y se relacionaba con diplomáticos. Medio año después los vecinos viajaron a USA y nos trasladamos a su dormitorio para acompañar a los niños  en las noches. El barrio se relacionaba. Otro vecino que tenía una compraventa automotriz,  me invitó como copiloto a  “Las Vizcachas”, entrenándose para la carrera del próximo domingo. Si, era otro país. Y mi nuevo vecino decía  “Que se le apretaba la garganta, cuando viajaba más allá de la Plaza Italia”.         

 Próximo capítulo: 62/21.- Tiraje en la chimenea.

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