58.- Memorias de Don Jubilón

Sábado, 01 Agosto 2015 23:29 Publicado en Don Jubilón Visto 1398 veces

A diferencia de la crispación política que crece día a día en 1971, en lo personal todo  se  presenta  color de rosa. Estoy recién casado y en plena luna de miel,  además en pleno progreso económico. Pareciera que  no sólo   se hubieran terminado de golpe las dificultades, sino que surgen nuevas oportunidades por doquier.  Convertido  ya en el regalón del Dr. Pequeño

“AVATARES Y MILAGROS”    ( Parte IV :    15 años en Santiago)

Capítulo 17.- Aterrizaje forzoso

A diferencia de la crispación política que crece día a día en 1971, en lo personal todo  se  presenta  color de rosa. Estoy recién casado y en plena luna de miel,  además en pleno progreso económico. Pareciera que  no sólo   se hubieran terminado de golpe las dificultades, sino que surgen nuevas oportunidades por doquier.  Convertido  ya en el regalón del Dr. Pequeño, todo indica que a principios de 1972 seré uno de los “7 privilegiados de Chile”, que iniciarán  la especialidad de Ortodoncia,  en la Facultad de Odontología. Sin embargo el dicho mentor además quiere que me juegue otra carta “pues  a usted le asentaría muy bien el uniforme  de milico”.  Muy ejecutivo, me sorprende con  una recomendación para  una entrevistan con  el Jefe Militar Odontólogo del Ejercito de Chile. El era un Radical muy aburguesado, con auto del año, señala que  paralelamente al ejercicio privado haga  carrera en esa Institución de las Fuerzas Armadas. Sin embargo  la entrevista con el Coronel de Sanidad Dental, no tiene el resultado esperado y sólo se limita a tomar mis datos  en la Oficina del Segundo Jefe, “por si se produjera alguna vacante”.  Salí  de  aquella diligencia   sin mayores disgustos,  pues tampoco me había hecho muchas ilusiones. Diligencia corta y en dos minutos ya estaba  en  Calle Dieciocho con Alameda, imaginando  que se abrirán otras puertas….

Los ángeles que siempre se me atraviesan  

En realidad me atravesé con el joven Dr. Huguito Cerda, que había entrado  al curso de Post Grado luego de  hace mérito también  con el  Dr. Pequeño. Nos saludamos cordialmente,   recordando que  hacíamos equipo  en las competencias de palitroque, en el Club Suizo. Era hijo de un distinguido académico y su madre trabajaba también en la Escuela de Odontología. Luego de enterarse de mi recién frustrante diligencia – el ya era odontólogo civil el Ejército y venía saliendo de su pega - , se tomó dos minutos para darme  un dato que sería fundamental  en mi vida.  Como su madre trabajaba con el Coronel Quintana,  Jefe de Odontología de la Fuerza Aérea,     comentó de un incidente que se había producido  con un odontólogo,,,, y Huguito dijo: “anda  a la Dirección de Sanidad de la Fach  que está en Almirante Barroso, un par de cuadras más abajo y que te presentas allí…. Creo que ni el mismo tenía mucha fe en esa diligencia, pero  igual encendió la mecha para “ir  por siaca…”   Entonces no llevaba carta alguna de recomendación. Pero la Secretaria del Coronel  -mujer cincuentona y de armas tomar – al parecer me puso mentalmente el uniforme de la Fach –  y me  animó para que esperara mientras  convencía a su Jefe que me concediera  cinco minutos.  Estaba conversando con el Segundo Jefe y al minuto y medio me estaban recomendando que  dejara mis datos en Secretaria.   Entonces les obligué a escuchar mi historia de profesor-dentista, consiguiendo diez minutos extras de entrevista.  Esta vez, cuando salí  a la calle y de nuevo me encontré en la Alameda de Las Delicias, tuve un extraño presentimiento. Todas aquellas casualidades del día, colocadas en fila y en el momento preciso. ¿Tendrían alguna coordinación milagrosa? Por lo demás siempre me habían gustado los aviones. Si hubiera podido elegir profesión, habría elegido  ser piloto de aerolínea. Incluso hice una gestión – a las perdidas - , cuando mi hermano mayor me invitó a conocer Santiago  en 1958. Fui a consultar a la Escuela de Aviación  de  la Fuerza Aérea de Chile, porque si algo me rayaba la cabeza esa la idea de transformarme en un aviador. Un oficial me atendió con mucha amabilidad, explicándome que entre los requerimientos,  mi padre tendría que acreditar situación laboral y firmar una fianza, para asegurar la  costosa inversión que hace el Estado para formar un piloto. Y me olvidé del asunto, pero no del  uniforme  del oficial  quien me informó en detalle de los plazos para el examen anual. Bueno eso había ocurrido  14 años antes, (III.-Parte Cap. 38),   de ese día en que me encontré con Huguito Cerda en la Alameda ¿O sería un fantasma?  Porque  Huguito volverá a salir dramáticamente en esta misma parte de  mis “Avatares y Milagros.

Dos semanas después

Estaba cumpliendo mis labores como profe-dentista en esa Escuela Especial en Calle Larraín, cuando a las 12 del día me llaman por teléfono de la Dirección de Sanidad. Reconocí la voz de aquella funcionaria proactiva y  una pregunta perentoria: ¿ Puede estar hoy a las 14 hrs   para una entrevista?.  Dato al oído: La clínica de urgencia necesita un profesional de3 reemplazo. -  Puedo -, dije sin pensarlo dos veces y  la Secretaria del Coronel  repitió la pregunta ¿Entiendo que estará aquí disponible a las 14 horas?  Desde entonces el 15 de junio ya no sólo sería  el cumpleaños de mi hermana, sino la fecha de mi ingreso a la Fach como dentista en la Dirección de Sanidad.  Cargo civil, a honorarios,  dos horas  de lunes a viernes en Calle Almirante Barroso.  Otra vez un sueño  volandero hecho realidad  ( ver III Parte Cap 2….” Como ese otro sueño  de  estar al lado de Don Alfredo cuando un avión biplaza empezó a volar en círculos sobre Yungay en 1950 . Con un pañuelo le hizo señales al piloto que de inmediato  iba para ” Siberia”  y nos encaletamos en su Jeep con “Cachito”, su hijo de mi edad,  para una experiencia inolvidable. Muy de tarde en tarde solían pasar pequeños aviones por los cielos de Yungay, que me entusiasmaban de manera principal  siguiéndolos con la vista hasta que se perdían en el horizonte.  Sin embargo aquella vez  tuve la  oportunidad  de  no sólo tocar ese avión que aterrizó en Siberia,   sino aprovechar cuando los pilotos y el anfitrión fueron a las oficinas, de  subirme a la carlinga y tomar con mis manos el bastón de mando, Entonces cerré  los ojos y le  pedí al Altísimo que me hiciera piloto como “Quintín el aventurero”,  en “El Peneca”…

Nadie sabe para quien “trabaja”

Algún tiempo después y cuando ya estaba muy bien calificado profesionalmente en la Institución,  supe  que  mi entrada  “rasante“  e  impecable  aterrizaje en la Fach, fue ocasionado por un incidente  que igual serviría como chiste o radio novela. Pudo ser un simple percance el que vivió el joven colega al que reemplacé,  pero lo que para mí fue una suerte, para él  fue un increíble aterrizaje forzoso.  En la clínica de urgencias, como su nombre lo indica,  acuden de capitán a paje  funcionarios o familiares que no están en alguna terapia con algún dentista tratante. Y sin mayor trámite  llegan en búsqueda de  soluciones que quiten el dolor.   Así llegó una dama urgida, que además  cumplía  con la calidad de familiar, según consta en el sumario administrativo correspondiente. Datos no escritos en el mismo documento -por razones obvias –       señalan que la paciente era bastante curvilínea y atacaba con un generoso escote a los varones quela miraban. Complicó la situación que esta chiquilla  le tenía un miedo cerval a los dentistas y la atención se complicó desde un comienzo, cuando estaba claramente indicado inyectarle un anestésico. Hasta ahí el dentista hizo todo el protocolo correcto y  resistió a pie firme  que le tomara la mano. Hubo otros signos desorientadores del diagnóstico y también del plan de tratamiento, cuando el joven odontólogo  creyó oír que la enferma emitía unos rezongos,  jadeos  y contorsiones  de rodillas,  que  se pasaban de la raya. La secretaria del dentista diagnosticó una histeria y  abandono la clínica para facilitar la maniobra. Según su parecer, la  niña hasta podía necesitar un  “cachetazo terapéutico”. Y en su ausencia  se desencadenó el drama, pues la paciente se desmayó en el sillón. El dentista   respondió de inmediato colocándola el “Posición de Trendelemburg”   (la cabeza más baja que las extremidades para facilitar la irrigación cerebral). Hasta ahí todo bien, pero como no reaccionaba le vino “el  susto del dentista” (no se me vaya a morir en el sillón).  Según rezaba el mito urbano construido - y que si habría quedado registrado en el sumario - , el profesional aflojó el sostén de la paciente para facilitar la ventilación pulmonar; pero en ese mismísimo instante  entró preocupado  un varón que acompañaba a la dama. Su declaración fue que  se encontró con una escena que le pareció  como  “fuera de norma” ( textual: “más propia de un fauno que de un dentista”. El  profesional  fue suspendido en el acto de sus labores y no apeló , según dijo alguien,  “ porque no le gustaban mucho los milicos”.

59.-Próximo capítulo: 18.- “Con las alas enarcadas…”

 

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