56.- Memorias de Don Jubilón

Viernes, 17 Julio 2015 00:58 Publicado en Don Jubilón Visto 1362 veces

Los dos últimos años de estudio de odontología los realicé con mucha suerte y con el abrigo de la fé. Me acompañó la salud y también una profunda paz espiritual, que atribuyo a mis andanzas con los mormones.

IV Parte: 15 años en Santiago.

Cap 15 : Llegando a la meta

Los dos últimos años de estudio de odontología los realicé con mucha suerte y con el abrigo de la fé. Me acompañó la salud  y también una profunda paz espiritual, que atribuyo a mis andanzas con los mormones. Y surgió otra urgencia de fé, pues mi novia desarrolló una nefritis crónica que le hizo perder un año de estudio. Fue un período difícil pues ella se deprimió muchísimo,  sobre todo que debía permanecer en cama,  para una mejor evolución de su problema renal. Todos los meses  hacía un  completo examen, y la decepción era grande cuando  la enfermedad no cedía. Esto se produjo cuando yo había desarrollado  muchas dudas si debíamos casarnos. Sin embargo  en esa situación de dura prueba para ella,  terminar nuestra relación  cuando era el más fiel apoyo  con que contaba en Santiago,  hacía suponer  un golpe adicional. Como rezábamos juntos pidiendo por su salud,  ella aceptó también bautizarse en la Iglesia Mormona. En tal situación,  ambos cerramos los ojos  y  ese verano decidimos casarnos en Gorbea.

Visualizando la especialidad

Ya a fines de cuarto año no me quedó duda alguna que me dedicaría a la Ortodoncia, pues me gustaban demasiado los fierros. Creo que  empecé odontología sabiéndolo y ya en quinto año, antes de recibirme, me acerque  al Dr. Juan Pequeño Botarro, Jefe de una clínica que funcionaba  los sábados en la mañana en el Departamento Dental del Hospital José Joaquín Aguirre. Allí el Dr. Pequeño recibía alumnos que tenían la intención de seguir la especialidad.  Era un ambiente muy agradable, pero donde recién se había producido una guerrilla académica  con el Dr. Colin. Ambos eran académicos de la Cátedra de Ortodoncia  fue tan fuerte la disputa, que no podían juntarse en la misma pieza.  Ambos eran meritorios y se ajustaron en días diferentes.  Como  me acomodaba el sábado, antes de recibir mi título inicie  la meritancia práctica. Se requería  mil horas registradas en un servicio, para postular a una de las 7 plazas que había en Chile para iniciar los tres años  que duraba el doctorado en la especialidad.

El milagro de los palitroques

Pronto me hice regalón del jefe por una casualidad del porte de un buque.  Una prima de mi madre de muy buena situación económica y casada con otro descendiente suizo que fabricaba zapatos en Valdivia,  sufrió la quiebra de su negocio debido a una ludopatía que terminó afectando totalmente su personalidad. En tal condición la Tía Elby, que nunca había trabajado en algo fuera de su casa, tuvo que hacer de tripas corazón y buscar un empleo. Lo halló en el Colegio Suizo de Santiago, donde gracias a su ascendencia y dominio de suizo, alemán e inglés, le dieron el empleo de ama de llaves, que desempeñó con singular competencia, lo que permitió además  tener a sus cuatro hijos becados en clases y además vivir en el colegio. Nunca había conocido yo una mujer tan  valerosa. No le entraban balas    y no dejaba  pasar ninguna posibilidad de que se le cruzara por delante. Cuando la visité y supo mi historia  universitaria, ella - que sabía muy bien de las pellejerías que había sufrido su prima casándose con un marido pobre-  de inmediato  me sugirió que me hiciera socio del Club Suizo, “ pues tenía perfecto derecho por nuestra ascendencia de colonos que vinieron a La Araucanía en 1883.  Me presentó al concesionario del Casino, quien me invitó cordialmente que viniera con amigos a jugar en la cancha de palitroques. Y eso dejó conforme a la Tante Elby.

Subida de los bonos con el Dr. Pequeño.

Invitar a todo el equipo  a jugar palitroque en el Club Suizo, resultó una chuza perfecta cuando el Jefe decidió una celebración con sus colaboradores. Lo anterior  se consolidó cuando el Dr.  Pequeño  me incluyó en la comisión organizadora del  “V Congreso Panamericano, para el estudio de las Disgnasias”. Al mismo nivel  conl Dr. Reinaldo Schulz   y la Dra. Cristina Sainz, lo que aceleró  mi calidad de dentista, antes de recibir oficialmente el título. Los progresos económicos no se hicieron esperar y llegó la hora del casamiento y la urgencia de  arrendar una casa para vivir  con mi esposa. Ella eligió la especialidad de Pediatria y fuimos recibidos por  el vecindario de  la calle 9 Norte de Villa Santa Carolina, como dos profesionales jóvenes  sumamente bienvenidos.  Al igual que el Dr. Pequeño, pensaron que “éramos personas bien”, aunque éramos algo ilegales profesionalmente.

Cuenta Sureña por pagar

La hermana mayor de mi madre, que nunca se casó y acompaño a nuestra abuela hasta que falleció en Temuco,  decidió que no quería vivir más en la casa de su hermano Ernesto, quien además consideró oportuno que  mi madre se hiciera cargo de ella,  ahora que todos los hijos estaban bien puestos   (el Tío Ernesto nos ayudó a todos de una u otra manera). Era prudente entonces no sacarle el cuerpo a la responsabilidad, pues además  la tía y mi madre pasaban un mes de vacaciones en la casa de veraneo que tenía entre Villarrica y Pucón.  Ahora la casa  en San Miguel, tenía espacio. Mi  hermano mayor con su esposa  Mirna y  tres hijos se fue  a vivir con los suegros.   Y al cambiarnos de casa con Alicia, quedarían sólo mis padres allí, nada impedía que la tía Clara  se viniera,  cosa que se hizo sin mayores   consultas.  Mi padre no contaba mucho, pues salía bastante consolidando su negocio de venta de ropa a plazos entre la hermandad evangélica, con quienes se sentía maravillosamente bien. Tenía sentido que las hermanas vivieran juntas; pero pagar el arriendo le molestaba a mi padre  y se veía venir un problema en el matrimonio de  mi hermano mayor. Todo era un verdadero puzle, y las cosas podrían empeorar.

Alcanzando la Citroneta y perdiendo el Huevito

No cabía dudas que Dios estaba con nosotros, pues el boliche en la Villa Santa Carolina empezó a producir muchísimo más que en San Miguel.  Ya tenía este proyecto de odontólogo y ya varios años de profesor en San Gregorio, la posibilidad de  acceder a una Citroneta.    En el viaje al Sur que hicimos casi se desintegra el huevito al subir la cuesta de Collipulli.  Justo cuando una compañera de Alicia, casada con un dentista, decidieron vender una citrola en muy estado, que dieron en parte de pago en una afamada compraventa de Alameda. Entonces supe que era un tremendo negocio esto de la compraventa de vehículos. El margen que operó entre lo que le tomaron como valor al Dr. Blanco; y el precio que pagué yo 24 hrs después en el mismo lugar, me pareció sencillamente odioso. Sin embargo aquello sólo fue el anuncio de una calamidad peor. Un cuñado de  Ernesto Cerón, compañero normalista de Chillán  y de grandes partidos en el Club Unión Arauco del Barrio Matadero ; me pagó con cuatro cheques, que puntualmente salieron sin fondos.

Cap  16 :  Títulos en 1970 : Yo Dentista y Allende Presidente

 

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