55- Memorias de Don Jubilón

Jueves, 09 Julio 2015 17:00 Publicado en Don Jubilón Visto 1805 veces

A poco de trasladarnos del sur  en  a la Capital en 1960, fuimos  los  parientes  a quien podían contactar los  tíos y primos de Monte Aguila,  Yungay, Contulmo y Temuco.

Sobre todo para  problemas graves  de salud, imposibles entonces de resolver en provincia. Estábamos comprometidos, pues  en el sur nosotros éramos los parientes “cacho” y ellos nos ayudaron  generosamente. Además surgió un recurso parental invaluable. La hija del tío odontólogo de Temuco, que estudió medicina y se casó con un colega haciendo buena pareja. Ambos ya estaban graduados como oculistas cuando llegamos a Santiago. Ellos  ayudaron mucho, para buscar soluciones o por lo menos diagnósticos realistas.

IV Parte: 15 años en Santiago.

14.- Conexión y fraternidad sureña

La primera oportunidad de devolver la mano, aunque sólo fue una visita de consuelo al primo  hermano Gerard de Contulmo, que en una mala maniobra  fue aplastado por el tractor que conducía. Este primo que tenía pinta de artista de cine, casi se muere debido a este accidente. Tratado en la Clínica Alemana, gracias a la solvencia económica de su padre y especialmente del abuelo Pablo, que era el rico del pueblo.  La visita a la clínica, se concentró en orar fervientemente por su restablecimiento, con palabras inspiradas  del Tío Leo, mi padre; que en lugar de ayudar abochornó un poco al enfermo, mucho tiempo sin pisar una iglesia.  Para mi tuvo importancia pues yo naci en la casa de sus padres, que eran primos hermanos. Olga era hermana de mi padre y ella con su marido   invitaron a mi familia -que estaba en crisis en Monte Aguila -,  y lo contrataron para una poda de pinos, que resultó bastante demorosa. En realidad vivimos varios años allí, pues  yo tenía  tres cuando nos trasladamos a Yungay. El primo Gerard se mejoró milagrosamente  y pronto se casó con una hermosa niña de  Los Ángeles. Tuvieron dos lindas hijas que ya deben ser abuelas; sin embargo este pariente de carácter algo irresponsable, no sentó nunca cabeza. Murió joven  y solitario  a consecuencia de excesos de todo tipo,  que afligieron mucho a sus padres y hermanos

Conociendo  de cerca un cáncer fatal

Algún tiempo después fue la querida tía Olga la que llegó a Santiago y con muchísima razón la fuimos a ver, pues llegó afectada de un cáncer al útero de carácter terminal. La trataron en la clínica Roengen, que era entonces pionera en brindar radioterapia a pacientes cancerosos. Se estaba recién conociendo esta terapia y lo único  que se tenía por seguro es que era muy invasiva y sumamente cara para los pacientes, debido al sofisticado equipo requerido. En realidad  prácticamente quemaba la lesión cancerígena. Con mis padres, simplemente rogamos al Altísimo que no se la llevara. Era una verdadera santa; cosa que comprobé personalmente cuando la visité ese verano de 1954, cuando  empezaría a estudiar en la Escuela Normal (Parte III Cap 32: Peregrinación a Contulmo). La tía  Olga falleció una semana más tarde en el peor de los infiernos, pero no me cupo duda que si en realidad había un Más Alla,  esta tía  se había ganado dos o tres veces el cielo.  Nunca he dejado de pensar que nacer en Contulmo fue una bendición para mi madre y para mi, pues bien alimentado antes y después de ver la luz, no sólo se benefició mi dentadura, sino también, al parecer,  mi cabeza que hoy ocupo para recordar y escribir estas memorias.

Una estrellita que se apaga

Mi primita Herta, la menor de los siete hijos de los Tíos Oscar y Luisa de Yungay era una muy hermosa niña. Fue Reina Infantil en una fiesta de la Primavera Escolar, que se organizó en el pueblo cuando ella tendría unos 8 años.  Sin embargo  al llegar a la pubertad,  empezó a perder la vista y alterarse por completo su desarrollo normal. Luego de  agotar los diagnósticos en Chillán la mandaron a Santiago. Entonces  y me tocó choferear a la  Tía Luisa hasta el Hospital de Neurocirugía, donde finalmente le dijeron la verdad con todas sus letras: la chica tenía un  Tumor de Hipófisis,   esa glándula endocrina  alojada  en la base del cráneo,  separada solo por las meninges del cerebro. Allí mismo está  el comando general  donde se regulan todas las complejas funciones endocrinas  que gobierna nuestra vida.  Recién en USA se estaban realizando las complejas operaciones para acceder a la silla turca, luego de abrir una ventana ósea  en el cráneo, desplazar el cerebro y  extirpar el tumor en ese crítico laberinto. Y le dijeron la dura realidad: su hija no tiene remedio en Chile. Se consolaron orando por un milagro, que no llegó pues Hertita falleció pronto.  Y su muerte nos llevó a  Tía Herta, hermana de mi padre, que murió a los 15 años de difteria en Monte Aguila. Para recordarla, la nombraron igual y no pensaron que su hija menor sufriría penurias igualmente feroces como la otra niña.   Nuestra madre, recién  casada fue testigo y nunca olvidó    “que su cuñadita en el furor de la agonía, asfixiándose, pedía que le rebanaran el cuello para que le entrara aire a sus pulmones colapsados”.

La caída de un hombre apellinado

El Tío Reinaldo era un hombre de pocas palabras el mayor de los siete hijos,  que también tuvo mi abuela Ana.  Y Reinaldo  siempre fue el hombre de la casa,  cuando  nuestra abuela  quedó sola. Su marido se enfermó de amor. Fue embrujado según ella. (Ver  II Parte   Cap.16.- “Calamidades paralelas”).   Fue un excelente agricultor e hizo posible que floreciera ese milagroso campito que compró la abuela en Monte Aguila con sus ahorros..  Luego de trabajar años y años al sol, Reinaldo  no le dio suficiente importancia a una costrita porfiada,  originada por una picadura de insecto o rasguño  involuntario  en uno de sus pómulos.  Puede habérsela infligido en las múltiples tareas de cada día, pero en su pequeño mundo nadie le dijo hasta muy tarde ( En realidad fue Lupe esposa de mi hermano también dentista), que una herida de piel que no cicatriza  del todo,  puede producir un cáncer maligno. Jamás fue al médico en su vida, hasta que yo lo llevé donde los parientes oftalmólogos, a indicación de sus sobrinos odontólogos recién titulados. Y el diagnóstico médico fue lapidario: un cáncer de piel curable tempranamente, se había convertido en un ariete destructor del hueso maxilar e invadiendo ya la órbita de un ojo. Le hicieron una sesión de radioterapia, pero cuando el tío hizo el  primer cheque por  honorarios, me dijo: “no pienso morirme pagando precio de oro”.   Y claro,  lo mejor era volver a Monte Aguila.

Nuestros antepasados, incluso sólo medio siglo atrás,  se morían entre oraciones  y maldiciones, generalmente por falta de medios. Tanto los médicos como  los remedios eran escasos. Y las familias antiguas se cuadraban  teniendo muchos hijos. Y  había que alimentarlos bien, para que fueran apellinados. La prevención de las enfermedades continúa hoy siendo precaria, incluso  con las  que no matan, como la caries dentaria, pero cuyo daño,    puede afectar de manera terrible  en la vida  de las personas. Como por ejemplo no ser amado,  a causa de una sonrisa ametrallada tempranamente por no tener conciencia de una cosa hoy muy fácil de cumplir: lavarse los dientes todos los días.

Próximo capítulo 15:  Llegando a la meta:

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