54.- Memorias de Don Jubilón

Miércoles, 01 Julio 2015 02:55 Publicado en Don Jubilón Visto 1619 veces

Estas memorias que se editan semanalmente en “El Gong”, recuerdan historias al estilo “culebrón”, publicadas  en la Revista “Fausto” hace 70 años.

El autor se estimula a escribirlas pues evocan muchos hechos y lugares que también podrían resultar evocadoras  para  algunos  lectores otoñales,   que podrán incluso incorporar nuevos detalles (“yo viví o me acuerdo de eso”)  . Cuando todo indica que la letra impresa en papel  tiene sus décadas contadas, Don Jubilón  persevera en dejar a  hijos, nietos  y bisnietos, la tarea   el recoger y ordenar  esta verdadera “Historia sin fin” que si la salud le acompaña,  debería llegar al capítulo 100. Vamos pues  cruzando  a medio camino (54).

IV Parte: 15 años en Santiago.

13.-  Las trampas de la fe (1968)

En ese segundo  semestre sin ir a San Gregorio,  tuve hasta tiempo de leer temas extra odontológicos. Entre éstos profundizar lecturas  bíblicas que me marcaron de niño y que recordaron los mormones norteamericanos. No recuerdo bien sus nombres, pero uno era  de apellido   Udall. Ellos predicaban la doctrina siguiendo los mismos métodos que daban éxito a diversas mercadotecnias inicialmente aplicadas para una Sociedad de libre Mercado.  Los misioneros eran financiados  con fondos familiares asociados al diezmo bíblico que pagaban puntualmente los miles de hermanos afincados en el estado de Utah USA. Estos misioneros mormones siguieron pastoreándome con paciencia,  hasta que decidí bautizarme. Total dejar de fumar  y beber alcohol era pura salud que necesitaba. No tomar café  ni Té  (también eran consideradas bebidas “espirituosas”,  cosa que yo consideraba un exceso y  que a lo más tomaba con  mucha leche  y listo.   Siempre he pensado que los mormones significaron mucho en esa época de  “trabajos forzados”  que significó mi Educación Superior. Entonces devoraba notas de Octavio Paz, Vargas Llosa, García Márquez, Neruda, Parra, Ignacio Valente, etc;  postergando para cuando tuviera tiempo, leer sus libros completos, cosa que recién estoy haciendo.

Llega la novia del sur.

La novia del sur  logró su traslado a la Universidad de Chile iniciando su quinto año de Medicina  y yo el cuarto de Odontología. Entonces  empezó a tener frecuentes amigdalitis que aconsejaron la extirpación de las dichas glándulas,  cuando los exámenes correspondientes indicaban  el comienzo  de  daños  renales. En esos momentos  nos pareció prudente que se fuera a vivir a nuestra casa cerca del paradero 16 de  Gran Avenida. Y algo favoreció nuestra  salida temprana en la mañana,  gracias al fútbol. Uno de los compañeros de equipo (actual Decano de la Facultad de Odontología de la “U)”,    viajaba con su padre que nos dejaba en Mapocho. Afortunadamente la compañera de curso que me gustaba empezó a pololear con otro compañero del grupo y ello me facilitó la tarea de serle fiel. En todo caso prefería no pensar en estos temas. Opté por ponerle dificultades  colaterales, como el hecho de que resolviera ella “voluntariamente” también bautizarse en la Iglesia Mormona. A la fecha ya tenía yo un cargo de importancia en la organización, primero en la Capilla de San Miguel y luego en el Distrito de Santiago. Los diezmos de los hermanos de Salt Lake City eran tan  cuantiosos, como su fe.

Parando un “Boliche” dental

Era costumbre entonces que terminado el cuarto año uno podía armar una clínica dental clandestina, que se denominaba “boliche”,  donde se efectuaba extracciones sencillas y no tanto, mas obturaciones y prótesis, con una demanda extraordinaria. La   casa que arrendábamos  a un sastre italiano de apellido Lapolla, tenía un pasadizo desde el antejardín al pequeño patio interior. Mi padre construyó una pieza de madera, con agua corriente para un lavamanos y un “escupitín”. El sillón me lo proporcionó mi hermano ya dentista,  de un boliche que él había armado en Monte Aguila,  en casa de la abuela. El resto fue una lámpara y un braquet  para allegar al paciente  las herramientas, líquidos desinfectantes   y un  algodonero, que medio siglo atrás habría usado otro bolichero, empezando  su profesión como dentista. Pronto pude apreciar la tremenda diferencia que existía entre los honorarios de un  profesor básico y los de un odontólogo -aunque  bolichero -, pero con todo el mundo por delante.  

Cambiar moto por “Huevito”.

La moto alemana  Maico 250, de dos tiempos (echaba humo azulito) se la vendí a un Sargento de Carabineros, con un sentimiento encontrado de felicidad y cargo de conciencia. En realidad  estaba ya bastante trajinada y calculé que el nuevo dueño se pondría “verde” solucionando una retahíla de problemas que ya se avecinaban. Además que el Sr. Rafalowsky – único  en Chile que vendía los  repuestos -  era frío como el mármol a la hora de   cobrar por los repuestos.  El progreso para pasar  de dos a cuatro ruedas  surgió cuando el Dr. Huerta, instructor de microbiología,  puso en venta su Nobel 200 con motor Sachs  de motocicleta. Iniciaba entonces la promoción vehicular de moto a “Huevito”;  que implicaba irresponsablemente ir cuatro personas,  en una carrocería  totalmente de plástico.  El Dr. Huerta accedía  ya al punto siguiente que en Chile era comprarse una Citroneta. Compré ese “Huevito” con una cuota al contado y mensualidades, en lo que fue  mi segunda calilla a plazo – la primera fue la moto -, alentado  con  la creciente demanda de mi boliche, cuando en el  vecindario se corrió la voz que había llegado “un dentista”.  

…Lo que son los dientes…

Otros pacientes surgieron en la misma escuela, donde la demanda para hacer conseguir una  prótesis dental, era largamente superada por la cantidad de clientes que aspiraban a mejorar su  sonrisa a bajo costo.   De ese sector postergado recuerdo a un paciente inolvidable, que le faltaban varios dientes  en la “línea delantera”. Era joven y además tenía secuela de poliomelitis,  pero cuando le instalé la prótesis,  mirándose en un espejo de mano se sintió tan  otra persona, que  parecía no reconocerse. Estuvo un buen rato sonriendo y comprobaba que no era un sueño, cambiando el ángulo del espejo. Finalmente se bajo del sillón dental gozando finalmente cesa seguridad tan  postergada por mucho tiempo y  terminado por fin  aquello de ser segregado violentamente por su problema dental. Cuántas veces  hubo ojos femeninos que examinaron su rostro,  pero que huyeron apenas se percataron que en la puerta abierta del rostro,  surgía la triste escena de su descalabro dentario. . Entonces descubrí que más  allá de la bonanza económica que se abría esplendorosa  como odontólogo,  había todo un  desastre social que cargaba más  fuerte aún que  las otras pobrezas de la mayoría de los compatriotas: su dignidad y derecho  para ser amadas y no rechazadas antes de siquiera evaluar su alma repleta de bondades. Entonces había solo tres escuelas de Odontología  en el país; Santiago, Concepción y Valparaíso.  Y pasarían 40 años hasta que se fundara una cuarta Escuela Dental en Temuco. Hoy  existen más de 30 y muchos más que antes, suspiran por un dentista.

Próximo Capítulo: 14.- Avatares y decisiones. (Parte IV: 15 años en Santiago).

 

 

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